Dr. Gumaro Martínez Concha, construir cometas

Dr. Gumaro Martínez Concha, construir cometas

Este instrumento de diversión ha llamado la atención de cientificos, militares, alquimistas, filosofos e ingenieros desde hace casi tres milenios.

Por Myriam Fernández

Llena de mil colores

Y una larga coleta,

Entre el viento y el sol

Se mueve la cometa

Dice uno de los tantos poemas con que se tributa a la cometa, una estructura plana o tridimensional, hecha de material muy ligero, que atada a uno o más hilos al ser soltada se mantiene volando en el aire por acción del viento.

Aunque su origen es incierto, se supone que las cometas nacieron en China hace más de 2.500 años, lo cierto es que volar cometas era un ejercicio de meditación para los chinos. En Chile se le llama volantín, un juego tradicional que surca nuestros cielos especialmente en primavera.

Para volar una cometa antes hay que construirla, una actividad que requiere de conocimiento y dedicación. Bien lo sabe el Dr. Gumaro Martínez Concha, destacado otorrinolaringólogo del Hospital Militar de La Reina, centro asistencial al que llega cada mañana luego de un largo trayecto en transporte público. A diario, el Dr. Martínez sale de su casa rumbo al Metro, se baja en la Estación Bilbao y luego aborda el recorrido D12 del Transantiago, que lo deja frente al hospital.

A este destacado especialista se lo distingue por un hecho clave para la medicina en Chile, la realización del primer trasplante coclear en nuestro país.

El Dr. Martínez reconoce que desde niño las cometas llamaron su atención. Recuerda una película oriental donde un grupo de hombres elevaba una gigantesca cometa hasta el cielo, hecho que le produjo una gran impresión. Desde entonces ha buscado satisfacer esta fascinación, primero “encumbrando volantines en el Parque Bustamante”, más tarde “en La Dehesa, hace 40 años, cuando no había edificios”, pero su gran oportunidad llegaría cuando siendo un joven médico general de zona, en Frutillar, logró elevar su primera cometa, construida por un carpintero en base a un dibujo que él mismo le llevó. El fuerte viento sureño rompió la cometa de papel, no así su entusiasmo por revivir “esa sensación de libertad, una verdadera fisioterapia”, cuenta.

En ese momento, decidió instruirse en el tema, buscó un libro que le enseñara a construir cometas fuertes y resistentes, desde entonces no dejó de hacerlos ni elevarlos. Reconoce que hoy en día en Santiago, “donde uno vaya hay gente”, lo que dificulta está práctica, para cual se necesita un gran espacio.

Hoy su lugar favorito para elevar cometas es Quintero, donde puede disfrutar de una actividad que lo apasiona, esta vez acompañado de sus cinco nietos.

Para construir una cometa se necesita de cierto conocimiento y “telas especiales de cortaviento, que compraba en calle Dardignac”, además, exige “un gran trabajo manual, porque no va pegado, la tela se cose en un tubo doble”, explica el Dr. Martínez. Para elevarlas “se requiere un hilo grueso, porque la fuerza del viento es muy grande, y también se deben usar guantes”, agrega.

Historia

La cometa en la historia no solo ha sido un objeto de diversión, también ha sido utilizada en el arte de la pesca, como instrumentos militares y de observación meteorológica, y ha provocado el interés de personajes tan distintos como filósofos, alquimistas, sacerdotes, ingenieros, militares y científicos.

En China y en la Polinesia se les utilizaba en la pesca. Le ataban un anzuelo y lo echaban a volar sobre el mar. Los ejércitos lo usaron como un elemento auxiliar para la guerra, lo empleaban en la transmisión de señales de día y de noche, para medir distancias y como observadores meteorológicos.

La cometa extiende su influencia hasta países del sudoeste asiático como Corea, al archipiélago Malayo, Indonesia y Birmania, luego a Japón e India. Más tarde es difundida en la Polinesia llegando hasta la Isla de Pascua. A través de India se extiende hasta la península arábiga y el norte de África.

A Europa llega antes del siglo XVI mediante las invasiones mongolas, las rutas comerciales por el Cabo de Buena Esperanza y los contactos con el mundo árabe. La cometa se usaba en los llamados Dracos o catavientos en forma de dragón, que se empleaban como estandartes en los últimos días del Imperio Romano. Consistían en un saco cilíndrico de boca ancha con apariencia de dragón u otro animal fantástico, que se hinchaba con el viento y cuyo fin era causar terror al enemigo en la batalla.

A finales del siglo XVII adquiere gran popularidad en Europa como pasatiempo infantil y en espectáculos pirotécnicos. A Benjamín Franklin cuando se encontraba realizando ensayos con electricidad, al elevar su famosa “cometa eléctrica” con una llave atada a la cuerda, comprobó que se producían descargas eléctricas, lo que le permitió demostrar la naturaleza del rayo e inventar el pararrayos.

Durante el siglo XIX se utilizó la cometa para salvamento marítimo. Como la mayoría de los naufragios ocurrían cerca de la costa, se empleaban para tender un cabo entre el barco y la costa y así rescatar a los náufragos. En 1901, Marconi usó una cometa para elevar una antena a 122 metros en la primera transmisión de radio transatlántica. Otras aplicaciones de las cometas son con fines publicitarios, para elevar carteles y anuncios; como elemento de tracción de carricoches y barcos, para transportar los cables-guías para la construcción de puentes, elemento de experimentación de los primeros aviones, entre otros.

 

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